Primer encuentro con el señor de las ranas.
Crokit. En efecto. Aquí estaba. La libretilla astuta y subversiva se hallaba en el fondo del pantano. Crokit. Hoy, al salir plácidamente a recoger el periódico matutino con mi bata de señora en condiminio, he descubierto mi antigua libretilla desparramada en el último escalón que lleva al fango. ¡Cuántos dulces recuerdos he encontrado! Crokit. ¡Cuántas pendejadas de aquel que fuera mi señor y maestro! Hoy, que recorro mi parcela, dueño ya de mi vida. Crokit. Nada tengo que pedirle a la vida, porque me lo ha dado todo. Ciento treinta y dos cocodrilitos y otros tantos panchovilleados por el mundo. Crokit.Y todo lo que tenía que hacer era darle chicharrón carnita al pelafustán del Primer Lagarto...
¡Dónde chingados están mis chanclas, pinche Lagartijo! Me caga tocar el suelo sin mis chanclas.
Es así. De nuevo soñando más allá del almohadón. Crokit. Crokit. Crokit. Oye, amigo. Desde la superficie de la plasta verde, se asomaban dos ojillos negros y codiciosos. Oye, amigo. ¿Qué tanto deseas tus deseos? Los deseo, le dije a la Rana, los deseo profundamente. Hablemos, pues, de negocios. Entonces, me sumergí hasta la cintura para escuchar sus oscuros y escandalosos planes para conquistar el mundo. ¡Qué escandalosos eran!¡Qué oscuros resultaban! Pero que satisfactorios parecían.
domingo, noviembre 04, 2007
viernes, agosto 04, 2006
Antes de que lea el título, señor forense/lector, debo confesar, decir, confecir, que si me fuí de los tabloides célebres de la realidad fue sólo y sólo sólo fue por la triste excusa de morir en un accidente forzado por el cabrón de mi autor intelectual que está en este preciso instante(así es, ahora mismo, ipso facto, factissimum) exprimiendo cada letra del teclado con sus sucios y grasientos dedos. ¡Sí! Tú, cabrón, asesino que en tu dulce metáfora, oh vate mitológico, seduces la más sutil y elegante de las desgracias.
Espera...Hijo del susurro que el viento en despoblado arropa en el rincón desprotegido. Vive y báñame en tu gloria, rey y dios de...
Muy bien... Excelso, supremo, ¡magnífi...
Ahora caigo. Ya. Comprendo la mecánica vengativa...
Hoy sólo escribiré el título.
Primera apología escamosa del Primer Lagartijo
Espera...Hijo del susurro que el viento en despoblado arropa en el rincón desprotegido. Vive y báñame en tu gloria, rey y dios de...
Muy bien... Excelso, supremo, ¡magnífi...
Ahora caigo. Ya. Comprendo la mecánica vengativa...
Hoy sólo escribiré el título.
Primera apología escamosa del Primer Lagartijo
sábado, enero 14, 2006
Primer affaire del Primer Lagartijo
La Última Cocodrila tomó posesión de gran parte del zaguán, obligándome a mí, remedo de ajolote, a maravillarme en la orilla del terreno. Su cuerpo, bellamente mitológico, era tan grande como la casa misma y Amigo la entrada sólo le permitía guarecer una mano y Amigo una parte de su cabeza. Su cabellera dorada revelaba juegos florales con algas de colores, mientras que sus ojos amarillos brillaban con el mismo encanto que el de un reptil. Los dulces trazos de su rostro encontraban divinidad en su fina nariz y ¡Amigo! voluptuosidad en sus labios de una tonalidad pálida. La belleza gigante que había llegado comenzó entonces a golpear la duela de madera que tapiza nuestro súpersecreto y humilde hogar. Lo hacía con tal fuerza que sacudía el agua que antes se aferraba a sus manos, disparándola violentamente al aire circundante. Impactado por el sensual desplante de femeneidad, caí por el borde, hundiéndome hasta el fondo del pantano. Fue ahí donde admiré la magnitud de su hermosura. La Última Cocodrila se sumergió en el acto, y al sentir escapar mi última bocanada de aire, su silueta apareció frente a mí proyectada por la luz que venía de la superficie. Aquel ser maravilloso me sostenía en su palma, impulsándomehacia rribabrazadodellaiellademíhastallegaral final de este pantano y elevarnos por el cielo hasta caer otra vez alagua.
¿Estás bien, amor? Despierta, hombre desconocido. Sentado de mala manera sobre un sillón en el recibidor, un dedo escamoso que entraba por la puerta me movía con cuidado aplastándome la panza. Yo que jugaba a hacerme el muertito, miraba de reojo su rostro que se asomaba a través de la ventana. ¿Estás bien?¿Cómo te llamas, hombrecito? Fingiendo demencia, enderecé mi cuerpo lentamente para decirle, mientras miraba preocupado la puerta de la habitación principal: El Primer Lagarto, mujer. ¿Quién más podía ser?
La Última Cocodrila tomó posesión de gran parte del zaguán, obligándome a mí, remedo de ajolote, a maravillarme en la orilla del terreno. Su cuerpo, bellamente mitológico, era tan grande como la casa misma y Amigo la entrada sólo le permitía guarecer una mano y Amigo una parte de su cabeza. Su cabellera dorada revelaba juegos florales con algas de colores, mientras que sus ojos amarillos brillaban con el mismo encanto que el de un reptil. Los dulces trazos de su rostro encontraban divinidad en su fina nariz y ¡Amigo! voluptuosidad en sus labios de una tonalidad pálida. La belleza gigante que había llegado comenzó entonces a golpear la duela de madera que tapiza nuestro súpersecreto y humilde hogar. Lo hacía con tal fuerza que sacudía el agua que antes se aferraba a sus manos, disparándola violentamente al aire circundante. Impactado por el sensual desplante de femeneidad, caí por el borde, hundiéndome hasta el fondo del pantano. Fue ahí donde admiré la magnitud de su hermosura. La Última Cocodrila se sumergió en el acto, y al sentir escapar mi última bocanada de aire, su silueta apareció frente a mí proyectada por la luz que venía de la superficie. Aquel ser maravilloso me sostenía en su palma, impulsándomehacia rribabrazadodellaiellademíhastallegaral final de este pantano y elevarnos por el cielo hasta caer otra vez alagua.
¿Estás bien, amor? Despierta, hombre desconocido. Sentado de mala manera sobre un sillón en el recibidor, un dedo escamoso que entraba por la puerta me movía con cuidado aplastándome la panza. Yo que jugaba a hacerme el muertito, miraba de reojo su rostro que se asomaba a través de la ventana. ¿Estás bien?¿Cómo te llamas, hombrecito? Fingiendo demencia, enderecé mi cuerpo lentamente para decirle, mientras miraba preocupado la puerta de la habitación principal: El Primer Lagarto, mujer. ¿Quién más podía ser?
jueves, octubre 20, 2005
Primera filosofía cierta hecha en el Primer Pantano:
Yo no deseo muerte a nadie. No deseo ni mal, ni picazón en la cola, ni aquellas veces que se reseca la nariz y dan ganas de rascar lugares dentro de ella de los que desconocemos paradero. No se lo deseo a nadie, por más odio que me tengan. Eso lo aprendí quizás durante este tiempo que llevo junto al Primer Lagarto. En los momentos en los que creo que la única solución a nuestros masculinos problemas de pareja son las siete plagas de Egipto en la punta de su ombligo, me dedico, casi siempre, a un retiro muy meteondas a la entrada de nuestra guarida.
Esta dulce sensación de tibio pantano entre los dedos de los pies es tan deliciosa que podría seguir sentado aquí en el zaguán/playa del que gozamos todos los superhéroes chingonzones por todo el hilo que no me cortan. Incluso, al voltear atrás, y mirar por la ventana a aquel malamén que salta como zorro en celo sobre la cama, mi escape no me produce más que tranquilidad cuando estoy solano.
A final de cuentas, uno se percata de sus alcances cortos y de las comparaciones largas. No tan cortas como el lector sospecha, ni tan largas que se antojen inverosímiles. Sólo ciertas en cuanto a experiencia propia y tristes al no mentir cuando lo digo. ¿Sorprendido?¿Hambriento? Que no sea así, mientras explique a vuestra merced este mal que me aqueja.
Un día como estos en los que uno no espera nada, y está feliz en su estado de inocencia, me encontraba yo hundiendo mis preocupaciones en lodo verde. El Primer Lagarto se encontraba aplastadote en una depre que suele llegar cada otoño, sobre el sillón más jodido de la comarca. Estando inmerso en la observación de los pelos de mis breves pies, desconocía el visitante nuevo que se acercaba a mí. ¡Qué triste sería aquel atardecer y cuán indeleble su marca! Ante mi estampa, una sombra que surgía del fondo del pantano se anunciaba con reverencia. "Soy la última cocodrila."
Yo no deseo muerte a nadie. No deseo ni mal, ni picazón en la cola, ni aquellas veces que se reseca la nariz y dan ganas de rascar lugares dentro de ella de los que desconocemos paradero. No se lo deseo a nadie, por más odio que me tengan. Eso lo aprendí quizás durante este tiempo que llevo junto al Primer Lagarto. En los momentos en los que creo que la única solución a nuestros masculinos problemas de pareja son las siete plagas de Egipto en la punta de su ombligo, me dedico, casi siempre, a un retiro muy meteondas a la entrada de nuestra guarida.
Esta dulce sensación de tibio pantano entre los dedos de los pies es tan deliciosa que podría seguir sentado aquí en el zaguán/playa del que gozamos todos los superhéroes chingonzones por todo el hilo que no me cortan. Incluso, al voltear atrás, y mirar por la ventana a aquel malamén que salta como zorro en celo sobre la cama, mi escape no me produce más que tranquilidad cuando estoy solano.
A final de cuentas, uno se percata de sus alcances cortos y de las comparaciones largas. No tan cortas como el lector sospecha, ni tan largas que se antojen inverosímiles. Sólo ciertas en cuanto a experiencia propia y tristes al no mentir cuando lo digo. ¿Sorprendido?¿Hambriento? Que no sea así, mientras explique a vuestra merced este mal que me aqueja.
Un día como estos en los que uno no espera nada, y está feliz en su estado de inocencia, me encontraba yo hundiendo mis preocupaciones en lodo verde. El Primer Lagarto se encontraba aplastadote en una depre que suele llegar cada otoño, sobre el sillón más jodido de la comarca. Estando inmerso en la observación de los pelos de mis breves pies, desconocía el visitante nuevo que se acercaba a mí. ¡Qué triste sería aquel atardecer y cuán indeleble su marca! Ante mi estampa, una sombra que surgía del fondo del pantano se anunciaba con reverencia. "Soy la última cocodrila."
domingo, octubre 09, 2005
Primer mensaje secreto desde la base central del Primer Lagarto:
Hoy comimos changüiches con mortadela. A huevo. Queso no había, porque no hay marmaja. Me levanté hoy temprano por la mañana y le dejé al Primer Lagarto una nota en el refri. "Compra queso, cabrón." Y no lo compró. Qué tortura. Qué suplicio vivir sin queso, sin changüiches sabrosones de queso.
Todos lo saben, todos, todos. Menos el primer lagarto, que le vale madre. El Último Gato, nuestro archienemigo, tiene el monopolio del queso. ¡Sólo nosotros podíamos combatirlo! ¡Sólo nosotros y nuestra flota de patos menonitas! Pero no. Al cabroncete éste se le olvidó, mejor mortadela. Así son las cosas chez un alter ego, y chez moi, también.
Hoy las estuvimos esperando, por cierto. Nada, niente, nariz boleada. Las chamaconas jamás llegaron al Primer Pantano, porque aquí su servilleta atendió a los timbres. -¿Se encuentra el Primer Lagarto? Lo busca Dianalgona.- Éste... pues no, fué por queso al súper. Y ponían pies en polvorosa, al terminar yo de decir aquello. -¿Está por ahí Don Lagarto?- No se encuentra... -¡Posgatumadre, somormujo!- Pues nada chicas, sin compromiso.
Por eso ahorita que comía enfrente de este pelangoche, lo miraba con cara de pug cagando. Y me decía -¿Tienes algo, mi querido Ricardo?- Cara de pendejo, por lo visto... El primer lagarto nada más sonreía con el bocado en su boca, como diciendo -Ajá...- Que se te atore en el gaznate. Y no fue así. Una güera en minifalda roja ya había llegado a llevarse al Primer Lagarto. Sólo oí a lo lejos un grito adoctrinante que decía -Ricardooo- Ya voy, ya apunto. Y lo hice con el lápiz en la mano, la libreta en la otra y mi changüiche de mortadela en el hocico. Nomás pa callar boca. Qué pinche ironía.
Hoy comimos changüiches con mortadela. A huevo. Queso no había, porque no hay marmaja. Me levanté hoy temprano por la mañana y le dejé al Primer Lagarto una nota en el refri. "Compra queso, cabrón." Y no lo compró. Qué tortura. Qué suplicio vivir sin queso, sin changüiches sabrosones de queso.
Todos lo saben, todos, todos. Menos el primer lagarto, que le vale madre. El Último Gato, nuestro archienemigo, tiene el monopolio del queso. ¡Sólo nosotros podíamos combatirlo! ¡Sólo nosotros y nuestra flota de patos menonitas! Pero no. Al cabroncete éste se le olvidó, mejor mortadela. Así son las cosas chez un alter ego, y chez moi, también.
Hoy las estuvimos esperando, por cierto. Nada, niente, nariz boleada. Las chamaconas jamás llegaron al Primer Pantano, porque aquí su servilleta atendió a los timbres. -¿Se encuentra el Primer Lagarto? Lo busca Dianalgona.- Éste... pues no, fué por queso al súper. Y ponían pies en polvorosa, al terminar yo de decir aquello. -¿Está por ahí Don Lagarto?- No se encuentra... -¡Posgatumadre, somormujo!
Por eso ahorita que comía enfrente de este pelangoche, lo miraba con cara de pug cagando. Y me decía -¿Tienes algo, mi querido Ricardo?- Cara de pendejo, por lo visto... El primer lagarto nada más sonreía con el bocado en su boca, como diciendo -Ajá...- Que se te atore en el gaznate. Y no fue así. Una güera en minifalda roja ya había llegado a llevarse al Primer Lagarto. Sólo oí a lo lejos un grito adoctrinante que decía -Ricardooo- Ya voy, ya apunto. Y lo hice con el lápiz en la mano, la libreta en la otra y mi changüiche de mortadela en el hocico. Nomás pa callar boca. Qué pinche ironía.
sábado, octubre 08, 2005
Bienvenidos a ésta su casa, el Primer Pantano, hogar del temible Primer Lagarto. ¿Que qué es? No sé. Bueno, sí sé un poquito, pero no les digo. Si no, perdería toda la gracia esta aventura que están a punto de comenzar. Por lo pronto, lo que sí pueden saber, es que el Primer Lagarto es un alter ego simpaticón, casi tanto como Loqui pero sin traje de pachuco.
No lo confundan, sin embargo, con Mr. Hyde. El primer lagarto avisará cuando quiera salir a hacer su despapaye. Yo le seguiré la corriente y bailaré al ritmo del beat con el que se mueve. La música sonará algo así como, tuntun tun tun tun, tun tun tun. Será una bella imagen mirarnos caminar por las calles como si nos quemaran los pies. Mi zancada no es tan larga como la del primer lagarto, así es que haré trampa de vez en cuando.
Cuando esto suceda, el gobierno volverá al toque de queda y esconderá a sus mujeres por pura envidia. Tocaremos a las puertas y nos recibiran señores bigotones con camisetas blancas manchadas amarillas. Dirán entonces con cara de amargados que las mujeres dejaron el pueblo hace mucho. Por las ventanas, muy por el contrario, nos saludarán sus hijas y sus esposas y sus madres y sus hermanas que están adentro esperando y nos dirán con los dedos que salen a las 9 por el pan.
El primer lagarto que trae pegada siempre una sonrisa, las saludará por el espejo, como diciéndoles: "Ahorita vengo." Y será así, porque podría perder su máscara por deshonor. Yo sólo apunto notas detrás y me conformo con aprender. Quizás logre un día ganarme una máscara amarilla o por lo menos naranja, para poder pasear por las calles, también así, con una flauta chingona en la mano. ¿Cómo? ¿Oboe se llama? Con un oboe, pues, en la mano para llevarlas a todas por una visita guiada por el primer pantano. ¿Que cómo se sale? No se sale. Hoy, el primer lagarto hace pijamada. ¿Se apuntan?
No lo confundan, sin embargo, con Mr. Hyde. El primer lagarto avisará cuando quiera salir a hacer su despapaye. Yo le seguiré la corriente y bailaré al ritmo del beat con el que se mueve. La música sonará algo así como, tuntun tun tun tun, tun tun tun. Será una bella imagen mirarnos caminar por las calles como si nos quemaran los pies. Mi zancada no es tan larga como la del primer lagarto, así es que haré trampa de vez en cuando.
Cuando esto suceda, el gobierno volverá al toque de queda y esconderá a sus mujeres por pura envidia. Tocaremos a las puertas y nos recibiran señores bigotones con camisetas blancas manchadas amarillas. Dirán entonces con cara de amargados que las mujeres dejaron el pueblo hace mucho. Por las ventanas, muy por el contrario, nos saludarán sus hijas y sus esposas y sus madres y sus hermanas que están adentro esperando y nos dirán con los dedos que salen a las 9 por el pan.
El primer lagarto que trae pegada siempre una sonrisa, las saludará por el espejo, como diciéndoles: "Ahorita vengo." Y será así, porque podría perder su máscara por deshonor. Yo sólo apunto notas detrás y me conformo con aprender. Quizás logre un día ganarme una máscara amarilla o por lo menos naranja, para poder pasear por las calles, también así, con una flauta chingona en la mano. ¿Cómo? ¿Oboe se llama? Con un oboe, pues, en la mano para llevarlas a todas por una visita guiada por el primer pantano. ¿Que cómo se sale? No se sale. Hoy, el primer lagarto hace pijamada. ¿Se apuntan?
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